Un poco mas de 24 hs nos separan del encuentro que todo amante del fútbol espera, ese duelo en que cada hincha mira como se mueven las agujas de reloj esperando que llegue ese día y la ansiedad comienza a sentirse cada vez más en todo nuestro cuerpo cuando se trata de jugar un clásico.
Nadie planeo este encuentro (se entiende que estamos en categorías diferentes) pero por obra del destino nos volvemos a cruzar con nuestro eterno rival.
Desde hace dos semanas se siente el folclore del fútbol. Lo vivís en la oficina de tu trabajo, en las aulas de los colegios, en el quiosco de la esquina de tu casa, en todos lados. Desde hace días este clásico comenzó a calentar motores y no quedan dudas que este encuentro es una final, un partido aparte como todos suelen llamar a este tipo de cotejo, pero un duelo en el que se juega no tan solo con la cabeza sino también con el corazón porque no solo está en juego el pase a la siguiente ronda sino también el honor de nuestro amado Club.
Se trata de un encuentro en donde ningún hincha quiere estar ausente, la ciudad se paraliza y las emociones están a flor de piel antes, durante y después del partido.
No sólo son protagonistas los jugadores sino también las hinchadas en donde se miden a ver “quien la tiene más larga”.
Ya está todo listo, solo resta esperar por la pitada inicial del referí y es ahí donde el corazón se convierte en el órgano que más siente la pasión que nos corre por las venas. Esa pasión que se demuestra en el recibimiento preparado, en cada canción de aliento, en el reclamo de cada pelota, pedido de full por cada roce, penal por cada patada recibida en el área rival. Es por eso que le pedimos a los jugadores que vistan nuestra gloriosa celeste y blanca que la defiendan con uñas y dientes, que vayan a cada pelota como si fuera la ultima del partido, que dejen cada gota de transpiración, que corra aunque las piernas les tiemblen… y cuando sientan que ya no pueden más, miren como desde las tribunas TODOS MENOS UNOS CUANTOS los alientan y empujan una vez más.

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